20 de Junio del 2320
n espeso día nublado cubría el campus, mientras John Mora observaba como las pequeñas gotas de lluvia se desintegraban en los cristales de su ventana. La fina llovizna entristecía los prados, arboledas y jardines de la Universidad de Cambridge, dando un toque aún más melancólico y triste a esos pensamientos que le amargaban. Su mirada estaba vacía y enfocada al infinito, siguiendo las volutas de humo perfumadas a vainilla que se manaban de su pipa para llenar la habitación. Estaba estático frente a la ventana de ese cuarto estilo gótico, característico de la arquitectura medieval del edificio de Neurología y Modelos Mentales de Cambridge, lugar que había sido su hogar durante tantos años; quizás demasiados. Escenario en el que desarrolló su carrera y donde, quizás, había gastado su vida en vano, persiguiendo aquello tan anhelado: el éxito y la gloria; ser el primero en descubrir algo nuevo en estos tiempos sin héroes; dejar huella de sí quedando en la memoria de la humanidad; afán fanático de los hombres de ciencia y equivalente agnóstico de la inmortalidad religiosa.
Sin embargo sus investigaciones le condujeron más allá de lo esperado, por lo que se sentía arrepentido de iniciar alguna vez tales estudios. Pero el desafío fue tan grande, el tema tan apasionante y su ambición tan fuerte que no pudo dejar su obra hasta completarla. Más al final del camino en vez de gloria no le esperaba sino la amargura, la desilusión y un pánico mortal ante esa realidad insospechada que él develó.
Veinte años trabajó en el tema. Veinte penosos e interminables años, hasta que al fin su preciada máquina estuvo terminada. Y todo para que ese largo y penoso esfuerzo se redujera a un mísero instante de gloria, seguido del ridículo más cruel. Entonces, cuando ya nada podría estar peor llegó el terror. Mas sólo él se dio cuenta de las verdaderas implicancias de aquel experimento público que destruyó su carrera, pero que abrió su mente a una realidad siniestra.
Seguía lloviendo en el campus de la antigua Universidad de Cambridge ubica en el sur de Brasil, casi en la frontera con Argentina, centro principal de estudios y contactos de los científicos del sur del mundo. Fundada varios siglos atrás, Cambridge era la típica universidad de la época: un centro de investigación sólo para profesionales, sin alumnos que importunaran los pensamientos de los intelectuales. No había maestros que dictaran cátedra sino sólo investigadores que efectuaban sus búsquedas con eficiencia mecánica. Ya el mundo se había cansado del elitismo de antaño, cuando sólo unos pocos eran elegidos para estudiar en las universidades y luchar por obtener esos rectángulos de cartón que les convertían en profesionales calificados para dirigir sus sociedades y ganar dinero. Hoy todo el mundo estudiaba en casa y sólo los exámenes se rendían en centros de certificación. Para hacer un experimento, o una actividad física, los estudiantes se dirigían a locales especializados donde arrendaban por horas un laboratorio de física, un cuarto de edición multimedia o, incluso, una morgue. Esto había liberado a las universidades de esos modestos adolescentes indisciplinados que amargaron a los sabios de antaño.
Ya no había fronteras en este planeta donde gentes de todo el mundo vivían mezclados en todos los rincones de los cinco continentes. Sólo dos horas de vuelo separaban las antípodas; viaje cuyo precio no superaba el de una compra de alimentos semanal. Era un mundo nuevo donde la cultura universal había sucedido a la occidental, y donde las razas humanas se habían fusionado en un solo pueblo de infinita variedad. En ese mundo Latinoamérica había perdido mucho de sus características distintivas, preservándose algunas tradiciones sólo como atractivos turísticos. La gente de la región hablaba inglés y pensaba como el resto del mundo.
Cambridge era una más en la red de universidades de elite que cubría el planeta. Lugares donde los científicos trabajaban y competían ferozmente. Esta rivalidad consumía la energía de los investigadores del siglo XXIV, pues algo no había cambiado en la naturaleza humana, algo inmutable ante el progreso: la ambición de ser grandes. Y con miles de millones de personas en el mundo, preparadas en los más avanzados conocimientos técnicos, artísticos, deportivos y científicos, destacar era una tarea difícil en extremo. Sólo unos pocos en cada generación conseguían el ansiado trofeo de la fama y la inmortalidad. Y John estuvo a punto de ser uno de ellos, pero el mérito se le escapó de entre sus dedos.
Seguía fumando su hermosa pipa de madera y metal, mientras los anillos de humo ascendían y las gotas de lluvia salpicaban los pequeños vidrios de la ventana gótica. Desde fuera las vidrieras de su oficina se veían minúsculas, enmarcadas por las enredaderas que, cual serpientes, se apoderaban de las blancas piedras de milenario estilo que le daban un aspecto esotérico y mágico a la antigua universidad. Algunos paraguas negros se avistaban en los senderos del campus. Eran los de investigadores que caminaban bajo la llovizna para enfriar sus cráneos entre las gotas de lluvia, aprovechando de descansar su vista mirando los frondosos árboles y los verdes prados del campus. A lo lejos, se avistaban algunos vehículos voladores ocupando espacios otrora poblados de aves. Espacios hoy suplantados por aquellos molestos huevos volantes que manchaban el cielo e impedían la visión de las alturas.
En uno de esos vehículos viajaba Peter Tanaka, quien volaba entonces desde California al encuentro de su amigo Mora. Tanaka había dejado muchos compromisos pendientes pero, a pesar de todo y sin dudarlo un instante, se tomó el día para juntarse con su entrañable amigo del sur. Ya le faltaba poco para llegar. El mensaje había sido breve pero intrigante y horroroso:
─Peter, necesito hablar personalmente contigo. He descubierto algo maligno y desastroso que puede cambiar la historia de la humanidad. No sé a quién recurrir, por lo que necesito ahora mismo tu ayuda y apoyo.
Peter conocía en detalle de las investigaciones de John. Sabía que era un científico neurológico teórico que desarrollaba modelos de los procesos conscientes de la mente. Lo que John quería era comprender la naturaleza y sustancia de la conciencia; enigma que intrigó al hombre por milenios y cuya solución había escapado de las manos de los rapaces investigadores por demasiado tiempo. En la Antigüedad se decía que el alma era una entidad separada del cuerpo, una substancia natural que abandonaba el cadáver en el momento de la muerte para dirigirse al infinito, al otro mundo, al nirvana o a ultratumba. Era el alma una entidad eterna, inmortal; algo que era a la vez la causa y el efecto de la conciencia, además de ser el recipiente de la misma. El alma era la esencia; en sí misma era el “ser”.
Muchos siglos después Descartes afirmó que pensar era “ser”, vale decir, que el pensamiento era la causa de la conciencia. Y todos creyeron e imitaron su línea de pensamiento. Una suposición que parecía tan inocente a la vista de los descubrimientos que John Mora acababa de realizar. De creer a Descartes nos veríamos obligados a aceptar que todo ser pensante era consciente. Ahora bien, la tecnología moderna había desarrollado los androides, los cuales eran máquinas maravillosas con inteligencia artificial incorporada, capaces de todas las manifestaciones propias de los seres humanos. Con los androides estamos en presencia de máquinas capaces de pensar, gracias a los modelos mentales que tienen integrados. Con ellos los androides crean poemas, música y matemática en forma autónoma, con la habilidad y sensibilidad de un genio de carne y hueso.
De acuerdo a Alan Turing, un científico inglés de mediados del siglo XX, una máquina que pudiera imitar todos los procesos mentales de un ser humano consciente al punto de engañar a un observador humano, era de hecho un ser consciente. Basado en eso otro científico del mismo siglo, Marvin Minsky, llegó a afirmar que el alma humana era el cerebro, y que éste a su vez no era más que un kilo de carne. Era la época del reduccionismo combativo que tanto dolor trajo al hombre con sus doctrinas eugenésicas y eutanásicas.
Tales ideas nacieron hace muchos siglos, cuando todos vivían entusiasmados por el progreso de los mecanismos y la gente pensaba que la vida no era más que la acción de entidades físicas; que la mente no era otra cosa que una computadora y que el Hombre no era más que un robot. No es coincidencia que el siglo XX fuera frío e inhumano, un tiempo donde el Hombre se vio asolado por los dogmas totalitarios Nazi, Comunista e Imperialista, los cuales negaron a las personas sus derechos básicos y llenaron el mundo de muertos en cruentas e inacabables guerras. El hombre era entonces un recurso más, donde la contabilidad de muerte de la guerra lo agrupaba junto a las perdidas de armas y estructuras. No existían entonces las herramientas para investigar la verdad con profundidad. Pasaron muchos siglos para que tal estado de cosas cambiara.
John Mora tuvo la oportunidad de acercase al tema gracias a su mente brillante; verdadero genio entre sus pares y cumbre del pensamiento humano. John era un ser extraordinario, aún cuando la fama no le acompañaba, sino más bien el desprestigio y el ridículo eran el sello de su vida. Ahora bien, después de veinte años de investigaciones John sabía que las máquinas de inteligencia artificial y otros artefactos mecánicos no eran más que juguetes de feria y no máquinas conscientes. Esto lo había demostrado al apuntar su detector de conciencia contra tales mecanismos, verificando que los patrones de la supuesta sensibilidad marcaban cero, tal lo hacía una roca o cualquier agrupación de materia inerte.
Veinte años atrás John había llegado a Cambridge como estudiante graduado en una universidad de un país ubicado más al sur, cerca de la Antártica. Había seguido religiosamente cada uno de los cursos que tomó en su especialización en modelamiento neurológico. La matemática le había fascinado con sus nuevas ideas sobre la manera en que los sistemas caóticos del cerebro se ordenaban en forma armónica, siguiendo los patrones descritos por aquellas hermosas ecuaciones diferenciales que vibraban en su mente y en su imaginación. Las que tenían la clave para entender como se formaba la conciencia. John usaba una anticuada pizarra para su trabajo, en la que con un simple lápiz trazaba día tras día esas fórmulas que le permitirían, en un futuro no muy lejano, construir su máquina de demostración. Al final aisló tres de estas ecuaciones parciales en las cuales encontró la clave.
Las matemáticas que John usaba no eran muy modernas realmente, pues ya se conocían hacia varios siglos atrás, y hubieran causado el desprecio de un especialista. No obstante, eran bastante conocidas en el modelamiento neurológico de la época. Lo que realmente diferenciaba los modelos particulares de John era su simplicidad y la característica de ser originales. En una palabra: brillantes. Describían con maestría y belleza cómo se organizaba la información en el cerebro. Ponían en evidencia cómo de una serie de eventos totalmente aislados, y sin ningún control central ni sincronización, evolucionaba a un estado integral y unitario. Mostraban claramente cómo, bajo ciertas condiciones muy especiales, una máquina podía comenzar a percibir, Describiendo como un procesador de datos se transformaba en un ente que podía no sólo calcular y medir, sino que sentir dolores, colores y sensaciones. De más está decir que un ente que siente es un ente con alma.
En un principio sus trabajos se hicieron conocidos por el desarrollo de métodos para construir androides un poco más inteligentes que los convencionales. Robots que podían ver un poco mejor, distinguir mejor las formas y los patrones, construir mejores modelos tridimensionales del medio en el cual se desplazaban, facilitando así su programación y abaratando los costos de aquellas complejas maquinarias omnipresentes en el mundo moderno. Ese fue el trabajo que le permitió adquirir prestigio y que le dio para vivir una vida relativamente cómoda. También le atrajo por varios años la admiración de sus colegas, admiración que estaba menguando.
John no se conformó con sus éxitos parciales e insistió en proseguir las investigaciones hasta el final. Después de años de esfuerzo llegó a reducir su modelo a un entramado de veinte ecuaciones que mezclaban las relaciones diferenciales con relaciones discretas. De entre éstas había tres fórmulas que le llamaron poderosamente la atención al deducirlas, pues la combinación, de escasos términos pero entrañable belleza, le dio la clave para entender finalmente que era la conciencia.
Estas ideas las había explicado en la fallida conferencia en términos simples:
"Qué es la conciencia ─había dicho─ sino la sensibilidad al mundo. Tomen cualquier sistema, cualquier grupo de materia mineral, vegetal, animal o maquinaria, y contra ella apliquen un pequeño castigo, como se hace al pincharla con un alfiler. Si pinchan una piedra, planta o animal y este evento gatilla dolor estamos en presencia de sensibilidad, vale decir, conciencia. Sin embargo, el dolor es algo que sólo lo percibe el ser en forma aislada, apartado del mundo exterior. Los sistemas que son capaces de percibir dolor no pueden transmitir tal sensación al exterior. Entre el observador y el objeto de estudio se alza el abismo de dos mundos paralelos desconectados. El universo percibido por el objeto de estudio no se toca en ningún punto con el del observador, mas que por el canal común que representa el espacio físico, que reúne a ambos entes en un mismo escenario. Ambos sistemas, observador y objeto están en un mismo medio físico pero viven en universos sensibles diferentes, sin conexión alguna entre sí".
"Desde tiempos inmemorables la gente se dio cuenta que la realidad se vivía desde dentro de los entes conscientes. Ahora bien, los entes conscientes más simples son aquellos capaces de percibir el mundo. Y la forma más básica de percepción es la sensación de dolor. Pues bien, un ente que percibe dolor también puede potencialmente percibir placer, que no es más que otra cosa que un dolor modulado de manera diferente"
"También un ente que percibe dolor es capaz de percibir matrices de dolor o bien matrices de placer. Estas derivan, en forma relativamente simple, en matrices de luz que permiten la visión, matrices de vibraciones sonoras que derivan en la audición, y en otras matrices que soportan los sentidos del gusto, el tacto y el olfato. Además la naturaleza usa matrices para modelar el interior de los cuerpos de los organismos, transmitiendo esa información hacia los cerebros, haciéndolos conscientes de si mismos. Todo esto le da a la entidad sensible la percepción del mundo externo y de su propia presencia en él. Vale decir, le da conciencia"
"Todos los llamados “sentidos” no son más que moduladores secundarios a la sensación básica que es el dolor. Las fórmulas de la conciencia que he desarrollado explican claramente que la sensación de dolor es la más simple de todas de las percibidas por los seres que tienen conciencia. Esta sensación produce un cambio objetivo y estructural en la percepción de la materia. Un cambio tan sutil y sorprendente que es difícil de explicar en palabras y que solo se entiende cuando se estudian mis ecuaciones en detalle. Se trata de un equilibrio dinámico entre lo finito y el infinito; un paso del mundo material limitado y estático al mundo infinito del consciente auto-referencial".
"Para demostrar esta teoría dediqué años al estudio de los efectos de la conciencia en el mundo físico. De esta forma podemos materializarla y estudiarla como si fuera una entidad objetiva, lo que en verdad no es. La conciencia se da sólo en un proceso dinámico que es soportada por una estructura física cambiante y caótica, la cual tiene la forma material de una variación geométrica muy especial de los campos establecidos alrededor de la base material, el que puede ser un cerebro elaborado, un sistema nervioso simple u otros mecanismos. Estos campos crean un espacio modelable en 25 dimensiones, el cual es objetivo y tiene realidad física, por lo que es visible al medir los cambios en patrones cuánticos".
"Eso es lo que hace mi máquina. Desarrollé un método para medir y graficar tales cambios. Ahora bien, mis investigaciones me condujeron aún mas allá. Estudiando las ecuaciones básicas de la conciencia he podido demostrar que no existe otra forma de generarla mas que la provista por mis fórmulas. No hay manera de crear seres conscientes sino se rigen por las formulas que descubrí, sean estos humanos, animales o alienígenas. Por lo tanto la inteligencia artificial de nuestros robots y androides jamás será capaz de producir conciencia, sino que sólo se limitará a imitar sus derivados, como lo es, por ejemplo, la inteligencia. Esta última es un efecto mucho menor que la conciencia, y que no es más que un mecanismo de resolución de problemas, por lo que puede imitarse a la perfección por maquinas. En consecuencia, las presunciones originales de la cibernética y de Descartes son falsas: el ser no es pensar sino sentir".
"Luego de desarrollar mi máquina detectora de conciencia empecé a estudiar todo tipo de seres, tanto vivos como artificiales. En los minerales tales como rocas y materias inertes no existen las estructuras magnéticas tan especiales de la conciencia. En otros, como en las plantas, tales estructuras son demasiado débiles para estar seguros si realmente representan una forma de conciencia. Pero ya en animales muy primitivos, como en las estrellas de mar, medusas y moluscos, las sensaciones de dolor, y de percepción espacial moduladas sobre el dolor, les permiten percibir el mundo externo de manera bastante compleja y objetiva, por lo que, sin duda, estamos hablando ya de un tipo de conciencia. Subiendo la escala evolutiva hacia los animales mayores nos encontramos con conciencias complejas. Es así como en los peces se detecta una sensación de la realidad mil veces mayor que la que tiene, por ejemplo, un gusano. En general se ve un ascenso en los niveles de conciencia que sigue fielmente la escala evolutiva Pero lo más importante es que, en principio, todos los animales tienen conciencia y que no existe una barrera insalvable entre los animales. El Hombre sólo es el más consciente de los seres, aquél con la sensibilidad más desarrollada, pero no es el único que posee consciencia".
Está fue la introducción de John en su famosa charla de presentación de su detector de conciencia. Fue su momento de gloria cuando demostró como su pequeño detector detectaba el grado de conciencia que tenían los minerales, plantas, peces, aves, mamíferos y todo tipo de aparatos artificiales. El público estaba asombrado al observar cuan claramente se percibía en las pantallas de la sala de conferencia los patrones de conciencia vibrantes y luminosos de los animales, los que contrastaban con la rigidez mortuoria de tanto los minerales como de la maquinaria. Solo faltaban minutos para el desastre y para que John notara por vez primera esa oscuridad que destruiría su vida, para que sintiera por primera vez las sombras. El mundo de espectros, de muertos caminantes, de cadáveres que abandonaban sus tumbas, de zombis y de gólems.
John seguía fumando, desprendiendo volutas de vainilla en el aire mientras continuaba lloviendo, las gotas salpicaban su ventana de pequeños cristales góticos y la bruma cubría la luz. El tiempo parecía haberse detenido.
Peter Tanaka volaba cercano a su lugar de destino. Faltaban 10 minutos para aterrizar en Cambridge. Volando en su pequeño vehículo aéreo personal de cuatro asientos, dirigido automáticamente tanto por las computadoras de abordo como por las de control de tránsito, Peter no tenía mucho que hacer mientras pasaban las horas que separaban California de Cambridge. En estos momentos estudiaba en su computadora portátil documentos relacionados con el controvertido proyecto de ley que estaba promoviendo en California. Tanaka había dedicado casi toda su vida a la persecución de criminales, los que eran considerados el principal factor de deterioro de la calidad de vida de la gente. Algo que odiaba Tanaka era el crimen y su esfuerzo legislativo estaba reduciéndolo significativamente. En esta época ya nadie consideraba a un criminal como un agresor moral o como directamente responsable de una falta inspirada por simple maldad. Desde hacía tiempo ya se sabía que los criminales lo eran por propensión genética, defectos embriológicos y de constitución cerebral, y en particular por fallas en la estructura del lóbulo frontal del cerebro. El criminal era simplemente un enfermo, un ser incapaz de controlar sus propios impulsos y carente de la comprensión del mundo que tenía una persona normal. Siguiendo esta línea de pensamiento Tanaka había conversado muchas veces con Mora respecto a la forma que tomaba la conciencia en los criminales. Y de esas conversaciones había nacido una profunda amistad al comprender que ambos, él y su amigo del sur, estaban investigando prácticamente lo mismo. Uno la conciencia en sí y el otro la razón del comportamiento moral del hombre.
¿Debía el criminal ser castigado por sus crímenes o tratársele como a un enfermo? Hoy todo el mundo estaba de acuerdo con la segunda opción, pues todos aceptaban que el criminal era un tipo especial de enfermo mental. Debía, por lo tanto, mejorársele mediante injertos cerebrales y terapias intensas, mientras la sociedad a su vez se protegía de las recaídas y accidentes gracias a mecanismos autónomos que se injertaban en el cerebro del agresor, los que impedían para siempre que éste cometiera un nuevo acto de violencia. Estos chips eran a su vez dirigidos por la red global de control de criminales.
─Qué fantástico sería disponer de un medio ─pensaba Tanaka─ que permitiera detectar aquellas personas peligrosas antes de cobrar sus primeras vidas. Con eso se podría mejorar la calidad de vida de las gentes. De acuerdo a sus conversaciones con Mora sí existía la forma de desarrollarlo, derivado del sensor de la conciencia, y solo era un problema de financiamiento el que impedía desarrollar el detector de criminales. Buscar ese financiamiento era precisamente el tema de la última ley que estaba promoviendo Tanaka en California. Tanaka fue invitado por el propio Mora a la presentación en sociedad del detector de conciencia, esa misma conferencia que terminó en desastre.
El volador de Tanaka se acercaba a su destino, mientras en el horizonte ya se dibujaban las torres góticas de la inmensa universidad de Cambridge, ubicada en Río Grande do Sul, en Brasil, Sudamérica. Los pensamientos de Tanaka volvían una y otra vez a la escena que produjo el desprestigio de John.
Todo había comenzado muy bien y la conferencia de prensa que dio John al concluir la construcción de su detector generó una expectativa mundial. Su imagen apareció en todos los medios de comunicación del mundo, mientras los periodistas especializados traducían a términos simples su descubrimiento. No fue extraño entonces que la presentación del invento ante la sociedad demandara un gran evento, el cual fue organizado y apoyado oficialmente por la Universidad de Cambridge, quien reunió a miles de personas a un gran estadio techado para ver las demostraciones en vivo, entre las cuales estaban científicos de todo el orbe. Entre el público se contaba numerosas estrellas del espectáculo, junto a figuras de la política y los negocios. La universidad no escatimó en gastos para mostrar al mundo que este hito trascendental en la historia de la humanidad se había realizado en Cambridge. El lema bastaba para describir el sentido del evento: "Cambridge prueba existencia del alma humana". Toda esa parafernalia puso un tanto nervioso a John, quien era un tanto tímido y rehuía los eventos públicos grandiosos, por lo que tuvo que aplicarse a sí mismo una férrea disciplina para atreverse siquiera a presentar su invento.
El evento consistió en una larga serie de charlas presentadas por decenas de expertos que expusieron todos los aspectos conocidos del modelamiento neurológico, la que tomó dos días en completarse. Más de 30 conferencias distintas se sucedieron, presentando todo tipo de especialistas sus mociones en el tema de la conciencia. Desde la formulación matemática que mezclaba elegantes ecuaciones diferenciales con autómatas finitos, continuando por la explicación de los extraños campos electromagnéticos caóticos que delataban la presencia de una mente consciente, y finalizando con las más descabelladas doctrinas filosóficas y ocultistas.
Se mostraron planos y prototipos de la mente, junto a todo tipo de ideas que cubrían el espectro completo del saber humano: desde las religiosas, que asociaban la conciencia con el alma, hasta las físicas que trataban de explicar el mundo material como una simple operación de convolución entre conciencia y materia. Desde los trabajos de Einstein un descubrimiento no producía tal impacto en el público general. Dictaban las conferencias todos los que tenían algo que decir sobre el tema: Desde médicos hasta matemáticos y desde psicólogos hasta teólogos. Y el clímax de toda la serie de conferencias sería una demostración del detector de conciencia de John en una charla que le demandaría dos horas.
Después de veinte minutos de las consabidas introducciones formales e históricas llegó el momento de presentar su invención. Ésta era una pequeña pistola, con una pantalla y unos cuantos indicadores, la que estaba conectada al sistema de proyectores de la sala. Empezó sus pruebas muy bien, despertando el asombro de la audiencia. John dijo:
"He aquí algunos de los seres y sistemas que probaremos en esta presentación. Partiremos con objetos que el sentido común nos indica que carecen de conciencia: las rocas".
Con calculado dramatismo John apuntó su detector hacia una pila de piedras que descansaban en una mesita mientras en las pantallas aparecía una línea verde rígida y muerta, que demostraba que efectivamente carecían de conciencia. Después apuntó su detector hacia un vegetal, un gomero, el cual también mostraba una línea rígida alterada en algunos puntos por desviaciones minúsculas de su eje, que dejaron al público curioso de saber si esas ligeras alteraciones podrían estar revelando cierto grado de conciencia. El siguiente fue un momento dramático, cuando John acercó su detector a un pequeño gusano que se retorcía en una fuente con agua, provocando que en las pantallas apareciera una pequeña elipse azulada que vibraba rítmicamente.
"Esto Señores, nos muestra que el gusano tiene un pequeño grado de conciencia. Además, por la forma de la representación podemos deducir que su conciencia es unidimensional. Vale decir, percibe sólo una variable del mundo real".
Luego un ayudante sujetó el gusano a un par de pinzas que le inmovilizaron para luego pincharlo con una minúscula aguja. De pronto la elipse de las pantallas se transformó en algo que semejaba un engranaje, con colores que cambiaban del amarillo al violeta. John se apresuró a explicar que lo que estaban viendo en las pantallas era la representación de la sensación de dolor que el gusano sintió al ser pinchado por la aguja.
Después apuntó su detector al más avanzado sistema de inteligencia artificial de su época: un androide con todo el aspecto de un ser humano, el cual era empleado como guía por algunas empresas de turismo. Era un robot del que muchos científicos e informáticos afirmaban que estaba consciente. Basaban su postura en que el robot tenía almacenado un modelo del pensamiento humano en sus procesadores de información. Era un modelo tan avanzado que permitía al robot hablar con fluidez y naturalidad, incluso inventando ingeniosas bromas, lo que le hacía indistinguible a primera vista de un ser humano común. Tal robot, de acuerdo a la antigua tesis del matemático Alan Turing, debía ser consciente por definición.
Sin embargo, cuando John apuntó su detector hacia el robot la línea de conciencia en la pantalla aparecía tan plana como la que mostraron las piedras. Incluso el gusano presentaba más vitalidad, más sensibilidad, que la más avanzada de las máquinas inteligentes de ésta época. No había nada en el androide que revelara consciencia, siendo indistinguible de un motor, de una cafetera o de cualquier máquina corriente. La admiración se apoderó de la sala. La gente estaba impactada por lo que estaba presenciando, esperando las explicaciones que vendrían después.
Tanaka observaba extasiado la presentación de John. había sido ubicado en la primera fila como invitado de honor, gracias a las gestiones directas de su amigo.
Luego siguió la parte más dramática de la presentación, cuando John subió de eslabón en eslabón la escala evolutiva de los animales, pasando de los crustáceos y moluscos, que presentaban en pantalla patrones de consciencia muy simples, hasta los de especies superiores. Al analizar la conciencia de un pez apareció en pantalla cinco figuras circulares, llenas de recovecos, unidas entre sí por un intrincado filigrana que los integraba. John explicó que los círculos correspondían a algunos de los sentidos del pez, el más complejo de los cuales era el visual. Lo que la muda audiencia observaba era nada menos que el modelo consciente y mental que el pez tenía del mundo.
A medida que fue subiendo la escala evolutiva los patrones se hacían cada vez más complejos. Un perro, por ejemplo, mostraba figuras tan intrincadas como las de una catedral. Eran figuras complejas que variaban en una compleja danza de mutaciones de formas y coloraciones. Formas jamás vistas antes por el ojo humano.
Entonces comenzó la parte culminante de la exposición. El detector sería aplicado a seres humanos. Un silencio absoluto se apoderó de la sala mientras John invitaba a su amigo Peter Tanaka a subir al escenario. Luego de subir y de hacer las bromas de rigor, John apuntó el detector hacia su amigo y en pantalla se pudo ver por fin la representación física de la enorme complejidad de la consciencia humana, mucho mayor que la del resto de los animales. Era ésta una figura intrincada, compleja, convoluta, siempre cambiante en formas y colores, pero integrada como una unidad sólida y precisa.
Si John hubiera terminado la conferencia en ese preciso momento su fama se hubiera cimentado sólidamente en la historia humana. Pero algo inesperado y siniestro ocurrió a continuación. Fue algo que John no pudo explicar en su momento y que le condujo al descrédito internacional. Luego de Tanaka, varios otros se apresuraron a subir al escenario para tomarse sus propios test de conciencia. Fueron cinco voluntarios quienes se presentaron para ser analizados. El primero y segundo de ellos presentaron figuras tan complejas como las de Tanaka, pero el tercero mostró una línea tan plana como la de una piedra o un robot. El siguiente voluntario también presentó la línea plana, mientras que el último volvió a presentar el complejo patrón humano.
John enmudeció pues no se pudo explicar lo ocurrido. Era acaso que dos de esos humanos no tenía conciencia mientras el resto si la poseían. Eran acaso zombis, meras sombras que parecían humanos pero que en realidad estaban muertos en vida. El público enmudeció por instantes interminables temiendo lo peor, se hizo un silencio sepulcral que helaba la sangre, pero luego estalló en risas. Todos atribuyeron el problema a un defecto en el detector e incluso a un problema en la teoría. De pronto todos pensaron que la presentación había sido una farsa y que el detector no servía para nada. Y empezaron ha abandonar la sala, arruinando con esa fuga el trabajo de veinte años de John, quien arrastró en su caída incluso a la Universidad de Cambridge. Tanaka se despidió de su amigo no sin antes atribuir el problema a una falla del detector que aconsejo estudiar, dándole su apoyo sincero y leal ante tan dramática circunstancia.
De esto había pasado varios meses. John volvió a la Universidad de Cambridge donde recibió una severa reprimenda pero se le permitió seguir perfeccionando sus investigaciones. Sin embargo su mente dejó de ser la misma. La crisis y la tensión constante le abrumó hasta hoy, cuando por fín había descubierto la razón de la falla.
Tanaka no supo más del tema. Solo sabía que John volvería a estudiar el problema y estaba cierto que lo resolvería. Más nunca esperó la respuesta que dio John cuando al fin rompió su silencio, invitándolo para que le visitara en Cambridge, Tanaka no pudo contener su curiosidad y partió rumbo al sur.
Esos meses fueron de angustia para John Mora. Por supuesto que su familia entendió el problema, dejándolo trabajar sólo día y noche en su laboratorio. John comía poco y a deshora, sin apenas dormir, trabajando hasta altas horas de la noche todos los días, sin ningún método ni ritmos establecidos, como si le fuera la vida en ello.
Pero John no se conformó con sólo revisar los detectores sino que siguió aplicándolos a todo ser humano que se le pusiera por delante. Primero lo aplicó a su familia, verificando en ellos los patrones normales de consciencia. Pero entonces John comenzó a realizar su experiencia más trágica. Fue a la calle con el detector y lo apuntó al azar a todos los transeúntes que pasaban por los paseos de la pequeña ciudad de Cambridge, donde vivía. Allí hizo su macabro descubrimiento: una de cada tres personas no marcaba consciencia en su detector. Desde el exterior las personas eran indistinguibles unas de otras, todas parecían ser iguales, sonriendo, hablando y llorando. La única diferencia entre ellos era que a un tercio de las personas el detector no las consideraba seres conscientes. La falla era inexplicable, en especial cuando comparaba esas lecturas con las que mostraban los animales.
John se dirigió al zoológico de la ciudad donde constató que todos los animales, sin ninguna excepción, marcaban patrones de consciencia en la pequeña pantalla del detector, mostrando trazos alambicados, gráficos típicos de los seres que perciben el mundo exterior. Por contraste, era espeluznante que tantos humanos marcaran cero en el detector.
La lluvia había cesado cuando el pequeño vehículo volador de Tanaka descendió verticalmente y se posó en el estacionamiento de la Universidad de Cambridge. Peter tomó su maletín y se abrochó el abrigo para dirigirse caminando por los senderos empedrados de la antigua universidad hacia la facultad de neurología; a la oficina de John.
─ ¡Hola, John! ¡Qué alegría de verte! ¿Cómo has estado?
La última fue una pregunta inútil. Como podría estar John sino envejecido diez años en un par de meses. Con grandes ojeras y rojos ojos, cabellos sucios y desordenados, con la piel seca, amarilla y arrugada de un pergamino. Sobre su escritorio había un enorme tarro de café mientras que la oficina soportaba una asfixiante nube de tabaco, el cual era extraído con mucha dificultad por los acondicionadores de aire de la sala.
─Siéntate Peter. ¿Quieres un café?
─No, gracias John, solo quiero escuchar. He venido a eso, a escucharte. Se que has descubierto la razón de la falla.
─Ese es el tema. He revisado cada uno de los componentes, circuitos y programas del detector y me he dado cuenta que funciona bien. La falla no está en el detector. Estamos en un mundo de sombras, Peter, estamos en un mundo de zombis. Son seres que parecen humanos, que hablan y actúan como humanos, que parecen percibir y simulan estar vivos, pero que no lo están. Aparentan tener alma pero en fondo están tan muertos como un programa de inteligencia artificial. Son nada más que apariencias, aspectos, espectros. Estamos rodeados de seres inertes, de muertos caminando.
─Se trata del zombi de la superstición haitiana. Se trata del Gólem hebreo que adquiere animación gracias a las palabras mágicas de la Cábala. Se trata de hombres sin alma, como si la hubieran vendido al diablo mediante la sangre vertida en un contrato mortal. El hombre sin alma existe e incluso se cuantos son.
Peter no podía creer lo que estaba escuchando. Evidentemente su amigo se había vuelto loco, pensó. En vez de reconocer algo tan obvio como la falla intermitente de su detector, atribuía ésta a un hecho sobrenatural, afirmando que gran parte de la humanidad vivía sin consciencia.
─Son hombres que no lo son realmente. Son muertos caminando... ─balbuceo John, afiebrado.
Sin ya creerle, pero por la amistad que le había unido a John cuando era cuerdo, Peter decidió seguirle la corriente y preguntarle:
─¿Tienen algo en común estos muertos vivientes, los zombis?
─Externamente nada. Los hay de todo tipo: desde criminales hasta santos; desde brutos a genios; desde creadores hasta copiadores; hombres, mujeres y niños; de todos los colores... No se pueden distinguir de la gente normal, ni siquiera ellos mismos lo saben.
─Tenía que hablar contigo ─continuó exaltado John─, porque tu no eres uno de ellos. Si bien recuerdas, tu fuiste el primero en ser analizado en la conferencia, lo que demostró que tienes consciencia. También lo probé con mis seres queridos, todos los cuales sí tienen consciencia. Quiero encargarte a ti que descubras que está ocurriendo en el mundo pues no se que se puede hacer para remediarlo.
─Pero como se produjo ─Preguntó Peter al borde de la credulidad─. ¿Qué pasó?
─De acuerdo a mis investigaciones, allá por el siglo XXII, y con el fin de disminuir la delincuencia, se trató de regular las funciones del cerebro humano en una zona cercana al lóbulo frontal, con el propósito de reducir las reacciones violentas de los criminales. Para eso se cambió un gen llamado G2352, el cual esta siendo eliminado lentamente del patrimonio genético humano. Como resultado de esto, el campo energético que caracteriza a la consciencia, la propia alma para algunos, se vio fuertemente afectado en su geometría, desapareciendo en muchos seres humanos. Hoy uno de cada tres humanos no presenta patrones de consciencia, Peter. Estamos en un mundo de muertos. Hemos vendido nuestra alma al diablo de la ciencia, del progreso y de la ambición. Quisimos ser dioses y ahora hemos recibimos nuestro castigo. Quedamos sin alma.
─¿Porqué dices eso, John? ─preguntó Peter, pálido de terror─ ¿Porqué dices "quedamos sin alma"? Tú eres humano y normal, ¿o no?
─No Peter, en la duda y con pavor apunté una vez el detector hacia mí y verifiqué que tampoco yo tengo consciencia. Soy también sólo un muerto caminando.